Las burlas del otoño

Salgo de la oficina a una calle sin encanto,

no hay árboles, ni familias, emana olor a mal café.

Por puro hastío, decido colaborar con octubre,

burlarme de las forzadas metáforas sobre la pérdida que la estación arranca.

Soy joven, soy joven, nada sé del crepúsculo.

Soy joven, soy joven, brotes verdes en las yemas de los dedos, flores en el pelo.

¿No debo, entonces, hacer ascos a la nostalgia?

El viento se entretiene aturdiendo a las hojas  y a los folletos de la nueva carnicería.

Un cielo saciado de nubes, un sol acogotado entre un velo de tules grises.

En una plaza, unas calles más abajo, el quiosco de José.

Ya nadie pelea por hacerse con el último periódico.

José ya no me guiña el ojo, no intenta convencerme de que soy la princesa del barrio.

Ya no le pido nerviosa el último mineral de la colección ni chicles de sandía a escondidas.

Tampoco a él le ha vuelto a regalar mi abuelo cartuchos de castañas.

 

Conozco el otoño de otras voces, de otros poetas,

pero esta recién estrenada ausencia tuya parece estar dotándome de rimas propias.

También este año migran las golondrinas, regalando lugares comunes a la literatura.

Las arboledas se desprenden de su ya mustio equipaje

y otros aromas nuevos atraviesan la avenida.

 

Entregada a tan  peligrosa tarea, siendo ya un juguete de los imprevistos versos que me están naciendo,

te recuerdo pintando de rosa las sillas de mimbre, asando batatas, cuando me recogías a la salida de colegio.

La fuga discreta de las tardes, ese tiempo amarillo en el que  se hacía viejo el día.

Una luz de caramelo avanzaba con pasos quedos temiendo quebrar las delicadas ramas secas.

Con mi  mochila, abrazada a mi vieja ardilla de trapo,

paseaba a tu lado mientras me explicabas costumbres de una edad más tierna.

Yo no heredé consejos, sino historias

 

Y aquella niña se encandilaba con cuentos sobre castañares de oro puro,

criaturas libres trastabillando en la fronda, mientras las madres preparaban el membrillo.

Qué estúpida: me descubro apartando con violencia el follaje ocre que tiñe las aceras del camino de vuelta a casa.

Qué ingenua,  al escarbar en  la hojarasca, intentando rescatar recuerdos  menos prosaicos que engarcen este humilde intento de poema.

Quisiera fingir que no temo al vecino invierno,

que desnudo ya el último naranjo, al correrse este telón dorado,

no encontraremos un oscuro y frío olvido.

 

 

Aprendí de memoria tantas lecciones en los libros de ciencia,

y, ahora, ya en el apartamento,

dejo resbalar las últimas horas de la jornada,

mientras intento interpretar señales que anuncien un milagro.

Tu regreso.

Una lluvia fina humedece el jardín, riega arbustos que dejamos morir con desidia.

¿Debería permitirme cometer también esa ingenuidad, creer que brotaran nuevas flores?

 

Me falta fe, me falta experiencia.

Tú que tantas cosas sabías, ¿se habitúan las sierras, las fuentes, las personas a la pérdida?

Si el curso es determinado por la juiciosa naturaleza ¿por qué vivo tu abandono como una negligencia?

Abuelo, qué pronto nos cayó hoy la noche encima.

 

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