Un papagayo en julio

auguste toulmouche

(Lady with a parrot, Auguste Toulmuche)

Estamos rozando prácticamente el ecuador de julio y, a estas alturas, hemos  tenido tiempo suficiente para estirar el chicle de la nostalgia de “aquellos veranos de la infancia” en las charlas de terraza. Sin embargo, el aguijón de la añoranza asoma en las múltiples ocasiones que le prestan las sofocantes tardes. Ni una tinaja de té con hielo es suficiente carburante para poner en marcha pensamientos que sobrepasen el “échame crema en la espalda”, “ una mediana de pistacho y limón” o, en un arrebato de inspiración, reverdecer recuerdos que cuajaron hace mucho tiempo. En uno de estos ejercicios de sentimentalismo estival, me acordé de la última vez que vi a Errecé.

Un verano más se disparaban los grados, enlentecían los buses y se alargaba la espera de los amigos en las calles solitarias de la capital. Errecé, que nunca fue puntual, llegaba cuarenta minutos tarde. Como un papagayo desgarbado, atisbé una figura alta vestida con un polo verde césped, al comienzo de la avenida, ahuencando con sus enormes brazos a la masa turística.  Burlando a la canícula y robando protagonismo a las rubias flacas como fideos que picoteaban en Chanel y CH con sus bolsones, mi buen amigo despedía chispas de todos los colores. Resultaba conmovodora aquella aleación de Arnold Baumheir, Montaigne, Pato Donald y Josep Pla.

Aunque me encanta la novela de Flaubert, el término “educación sentimental” no acaba de seducirme y estoy segura de que a Errecé le habría sacado de quicio- cuando no aterrorizado- que le atribuyese mínimamente una función pedagógica. El infarto se lo causaría cualquier mención a la gran diferencia de edad que nos separaba.

Lo cierto es que gracias a él aprendí un puñado de cosas que creo más útiles que la mitad de lo que aprendí aquellos años en la universidad.

Aprendí que para Chesterton el mayor pecado cometido por lo poetas había sido la marginación del queso como objeto sagrado al que alabar.  Que queso (cheese) era una palabra corta, fuerte, que en inglés rimaba con mar (sea)  y brisa (breeze).  Que cada pueblo tenía uno de buena calidad y totalmente distinto al resto de localidades. “Como las buenas costumbres del ser humano: universales y variadas”. Había que elogiar lo local, pensar en un trozo de campo, un pozo de sol y aire fresco cada vez que nos  entregábamos a la tarea de degustar pan con queso.

Una noche yo quise probar un nuevo restaurante cubano pero Errecé me suplicó que zarpáramos a Jalisco y olvidáramos la Habana durante una temporada: “Es muy triste. Últimamente acabo todas mis noches borracho frente a un volcán de plástico y haciéndome amigo de algún cubano viejo”. La carta del mexicano era tan inmensa que a la hora de elegir plato, creí sufrir un ataque de ansiedad. Él hizo lo propio: “No sabemos qué pedir. Tráiganos todos los tacos de la tarta”. Comí por primera vez el nada apuesto huitlacoche- un parásito comestible que crece en los granos del maíz-,  comprobé que beber muchos margaritas da muchos dolores de cabeza y que una de las  actrices más elegantes de España pasea a su perro mientras grita por el móvil “Hola, Pollito” a sus amigos.

Para hacerme rabiar- labor nada compleja- se mofaba de las letras de mi cantaor preferido y criticaba a Kundera- uno de los escritores a los que más admiro-. “ No me fío del tufillo  solemne. Huyo de la solemnidad como los ratones del gato”.

Me aconsejaba que leyese rápido “Las flores del mal” para poder pasar rápidamente a lo que de verdad importaba: Oliveiro Girondo. Y por éste supe que, a veces, las calles muerden los pies a cuantos no los tienen achatados por las travesías del desierto  y que en algunos barrios, lo peluqueros mondan cabezas como papas y extraen a cada cliente un vasito de sherry-brandy del cogote.

No disfrutaba leyendo ficción pero pasábamos horas hablando sobre una novela en la que una candorosa anciana finesa paseaba por el mundo  con una Parabellum y una jeringuilla de veneno.

A veces me recomendaba estudiar ingeniería; otras, un máster en  Literatura Europea. Intentaba convencerme para que no me cortase el pelo a lo Louise Brooks y me aconsejaba llevar una pamela como la de Carmen Sandiego.

A altas horass de la madrugada hablábamos del tipo que inventó el cepillo de dientes en una cárcel de Newgate, de Carl Sagan, de la intro hortera de un anime y de Joe le taxi.

Tuve el raro privilegio de leer algunos poemas que escribió durante la niñez. Y no exagero si afirmo que una de las cosas más maravillosas que he leído en mi vida fue un soneto que  escribió con los diez años a  un Tiranosaurio Rex.

Muchas veces le eché en cara que no escribiera libros: unas prolongaciónes continuas de su esencia, su burbujeante personalidad disponible a salto de página para todos nosotros. Pero si la solemnidad le daba sarpullido, la idea de la inmortalidad a través de una obra  le causaba náuseas.” No quiero alcanzar la inmortalidad mediante mi trabajo, sino simplemente no muriendo” , que diría Woody Allen. A Errecé había que verle desplegar las alas en directo.

Me regaló, inconscientemente, valiosas lecciones que a día de hoy, aunque no tenga noticias sobre su paradero, siguen guiándome en numerosas situaciones. La más importante me la enseñó en nuestro último encuentro, frente a una espumeante jarra de cerveza barata: “ Yo también era gilipollas cuando tenía 20 años”.

conciertos de aves de Frans Snyders

(Concierto de aves, Frans Snyders)