Un popover, Frank.

Cuando me ducho, no canto. Ni por Caruso, ni por Natasha Bedingfield . En un acto tan poético y solidario con mis vecinos, cedo el protagonismo a la cadencia del agua, uno de mis sonidos preferidos, e imagino que estoy en las Cascadas de Athabasca y no en un pisito a tres cuartos de hora del centro. En estos minutos en los que todo queda efímeramente cancelado, este templo en el que nadie puede irrumpir con novedades -quejas, halagos, asuntos relevantes o triviales- y solo huele a gel de mandarinas, hago cada día un complicado ejercicio de reflexión: ¿Con quién -muerto, vivo, famoso o no, hombre o mujer- me tomaría hoy un café?

Más allá de Carlos Boyero y Lorde, con los que he tomados miles de cafés mentales, hoy me ha venido a la mente el nombre de dos mujeres extraordinarias: Tallulah Bankhead y Dorothy Parker.

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 (Tallulah Bankhead)

Tallulah Bankhead era un actriz a la que muchos cursis -timoratos, que es una de las peores variantes de la cursilería- han tildado de “licenciosa”. Aunque trabajó con George Cukor y Alfred Hitchcock, la pleitesía a Tallulah se justificaría con esa frase que soltó a un periodista cuando le preguntó qué sería de no haber escogido la profesión de actriz: “dudaba entre madre superiora, puta o presidente de los Estados Unidos. ¡Espero que pongas en tu libreta que habría hecho de maravilla las tres cosas!. Un regalo a manera de fórmula con la que contestar a cualquier idiota que nos brinde la ocasión.

Esta semana he leído un puñado de espléndidos cuentos de la Parker y, mientras lo hacía, intuí que estaba ante una autora tan genuina que su personalidad engullía las páginas. Investigando, descubrí que Tallulah y Dorothy no solo tenían en común ser dos mujeres que supuraban ingenio; ambas pertenecían a un club que congregó toneladas de bilis y talento: La mesa redonda del Algonquin.

También llamado El círculo vicioso de Algonquin, se trataba de una tertulia  formada por periodistas, escritores, críticos, guionistas, actrices, editores, y en general, gente realacionada con la farándula de Broadway. Durante 10 años almorzaron, jugaron al póker y al bridge, inventaron chistes maliciosos e hirvieron en creatividad en una de las 181 habitaciones del hotel Algonquin.

A Vicious Circle by Natalie Ascencios

(A vicious circle, Natalie Ascencios)

Diseñado por Goldwin Starrett y abierto en 1902, el elegante edificio (59 West 44th Street in Midtown Manhattan, New York City) tuvo como primer nombre The Puritan hasta que en 1907 Frank Case lo compró y pasó a llamarse Algonquin, como guiño al pueblo nativo de los algonquinos.

La primera mesa redonda se inaguró en junio de 1919 con un almuerzo de bienvenida al ácido crítico de teatro Alec Wollcot, para celebrar su vuelta de la Primera Guerra Mundial y, tan grata resultó la convocatoria, que cristalizó en una tradición que se prolongaría hasta el 1929.

Semana tras semana, las carreras de aquella flor y nata neoyorkina avanzaban como colas de fuego y, casi con la misma velocidad, aumentaba el número de cerebros privilegiados -y lenguas locuaces- que se congregaban en el Rose Room.

Entre la lista de nombres que se daban cita en el Algonquin se encontraban, además de Dorothy y Tallulah, personas tan interesantes como Ruth Hale -gran defensora del los derechos de la mujer-, George S. Kaufman -guionista de joyas como Damas del teatro, Vive como quieras o Cena a las ocho– , Harpo Marx -no esperaréis que lo presente, ¿verdad?- y Harold Ross -editor fundador de la mejor revista de la historia: The New Yorker-.

Las fauces de semejante constelación no solo se abrían para lanzar perlitas vitriólicas, también repetían el gesto cuando el atento Frank Case les regalaba popovers, unos deliciosos bollos ligeros de huevo, harina y leche.

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(Popover, vía https://orgasmicchef.com)

Sabiendo mantenerse en un discreto segundo plano, Case era en sí mismo una persona fascinante. En su juventud había sido acomodador en vodeviles y sentía una gran inquietud por el mundo de la cultura. Ésta es la razón por la que se lanzó a promover cualquier brote creativo que bullía entre las paredes del Algonquin -del que había sido gerente antes de comprarlo al primer dueño-. Tanto es así, que ofrecía almuerzos gratis a aquellos escritores que luchaban en la Gran Manzana por rozar al menos un átomo de la perfección fitzgeraldina.

La ailurofilia de los artistas no se circunscribe al universo de Instagram, en la sofisticada tertulia también había presencia gatuna. El primero de la saga se coló literalmente en las dependencias del hotel con la utoridad que da el ser un felino callejero: curtido pero elegante, anaranjado, irrestible. El bueno de Case lo llamó Rusty, pero John Barrymore decidió subir la fuerza del nombre: Hamlet. Y desde entonces, ha habido Hamlet I, Hamlet II, Hamlet III… Las gatas del Algonquin han sido bautizadas con menos pompa: Matilda, Matilda II, Matilda III (fallecida en 2017)… Existen libros que recogen las simpáticas peripecias de estos bigotes, como Algonquin cat, de Van Schaffner.

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(Matilda III)

John F. Kennedy llegó a a afirmar que   “Cuando era chico tenía tres sueños: ser un héroe al estilo de Lindbergh, aprender a hablar chino y convertirme en miembro de la mesa redonda del Algonquin”. Una vez me he aclarado con abundante agua el pelo y dibujado A en el espejo, llego a una conclusión: tal vez en aquellas reuniones se acuñaban epigramas desternillantes, pero yo preferiría tomarme un café con Frank Case o Matilda IV. Estoy segura de que Lorde y Boyero también.

ahOld

 

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