Vivir en la jungla

¿Espinacas con garbanzos? ¿ Ensalada? ¿Jambalaya? Soy incapaz de recordar qué almorcé ayer y sin  embargo, puedo describir momentos anodinos de mi infancia con vividez. Amelie Nothomb, una de las personas más fascinantes que haya leído en mi vida, dice compartir conmigo esta trivialidad y siempre la ejemplifica narrando el día en que pronunció su primera palabra al probar el chocolate belga. Rebajemos unos grados de sofisticación: yo vengo a hablar del chocolate Jungly.

Nestlé Jungly

En el mundo preoceánico, cuando no existían iPADs ni Peppa Pig, los niños coleccionábamos tazos, chapas, estampas, pegatinas y cromos. Además, no merendábamos muffins de zanahoria y canela o porridge de almendras, sino un dietético chocolate con galletas.

El chocolate Jungly soldaba esos dos emblemas generacionales: la dulce tiranía de lo crujiente (desde aquí hago un llamamiento para que incorporemos la onomatopéyica palabra crocante) y los coleccionables. Se trataban de fichas rectangulares de cartón y en cada una de ellas aparecía la foto de un animal en el anverso, del que se explicaban características -nombre científico, complexión, localización y área habitable- en el reverso. En mi colegio se tomaban el coleccionismo con una competitividad que dejaba en pañales al mismísimo Freddie Clegg, así que las pilas de tabletas menguaban a la velocidad de la luz en el supermercado del barrio, dificultando la tarea de conseguir el ansiado cromo del león. No me cabía la menor duda: todos acabarían siendo biólogos. O diabéticos.

Exceptuando a mi amigo Daniel, que suspiraba por el avestruz –Pee-wee es su película favorita, para poneros en contexto- todos ambicionábamos a los felinos. Y a la jirafa, uno de mis logros dorados en la vida ha sido conseguir la ficha de la refinada jirafa.

El antropomorfismo es prolongable así que, a día de hoy, al igual que entonces, sigo categorizando a la población como personas cisne, personas tigre, personas gusano, personas okapi, etc. En los últimos años he visto engordar cosiderablemente a cuatro grupos: los delfines, los caballos, los pájaros y las tortugas.

Las personas delfines se desenvuelven con elegancia, su costado plateado piruetea sobre el agua y terminamos por creer que cuentan con una colección de tretas sutiles que les permiten salir del mayor apuro que se les presente. Pero Carol Ann Duffy, que tiene la mirada insobornable de los poetas, sabe que en el fondo es pura fachada: eso sí, una fachada bienhechora, una generosidad – mal o bien entendida: que juzguen otros- que les lleva a bailar ante el público, sepultando la carga personal y entregándose a dibujar el sueño de evasión de los que han acudido a la cita. “Ninguna verdad encontramos en estas aguas; no hay explicaciones que tiemblen en nuestra carne. Fuimos benditos y ahora ya no lo somos”.

El despliegue de bondad de las personas pájaro sigue un recorrido distinto. Se les reconoce, más que por las alas, por esa pátina de serenidad, de sabiduría inusual que les tintinea en los ojos. Ponderan con paciencia cuál es la ocasión propicia para despegar, a pesar de que esto conlleve dilatar el momento durante años. Un ejemplar podría ser Rafaniello, el viejo zapatero de esa preciosa novela- no usar jamás la palabra “Novelita”- llamada Montedidio que escribió Erri de Luca. Trabajar el cuero, contar historias sin aleccionar, sacudir la imaginación de quien tiene el buen criterio y la sencillez -la inteligencia- de saber prestar oído a los cuentacuentos -no a los charlatanes-.

 

Reconozco que siento debilidad por las personas caballo -que no caballerosas-. No nos llamemos a engaño: escasean. Tu mejor amigo, tu madre, la profesora de tu hijo, el camarero que te sirve el desayuno, suelen responder a este perfil. Son personas discretas, apacibles, fuertes, sensibles, sencillas, alegres y, sin embargo, nada ruidosas; cariñosas y sin embargo, nada zalameras. El caballo de Yona, en el cuento La tristeza de Chéjov, me parece un ideal muy noble al que aspirar -ridiculizar al idealismo es una de las coces más peligrosas contra la inteligencia emocional-. No importa que el día nos haya pulverizado, que hora tras hora unos y otros nos hayan reforzado la síntesis de inseguridades que traíamos de casa. La prisa egoísta, el Yo que busca el servilismo del Otro, impide a los estúpidos realizar el mayor ejercicio de humanidad posible: dejar que Yona nos cuente cómo su hijo murió hace unas semanas. Cómo la soledad se le enquista día tras día. Siempre habrá una flor rara, siempre habrá un caballo que “sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido”. Y entonces, “Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo”.

 

En cuanto a la cuarta categoría, en El niño que hablaba con los animales, el rutilante Roald nos susurra la naturaleza de la persona tortuga. Toda su vida ha surcado la masa de océano disfrutando de la libertad heredada, distanciada pero no ajena a lo que ocurre en los horizontes arenosos. Ha sido espectadora de ascensos y decaídas del ser humano; aunque rara vez musita comentario alguno, la decisión de sus movimientos calmos transluce que es mucho lo que ha paseado ante sus pupilas. No narra, no cabriolea y su condición inherente de viajera le impide ser una presencia física constante en la vida de los demás. Sin embargo, está dotada de una memoria de la que mana una profunda gratitud. Jamás olvidará que, cuando las circunstancias la arrastraron y vapulearon, mientras todos contemplaban su gigantesco cuerpo agónico pensando en cuántos filetes podrían sacar de aquello, hubo una persona excepcional, alguien que gritó soltadla, alquien que gritó yo no la conozco pero sé que es mi hermana. La generosidad de las personas tortuga vuela por encima de las diferencias, no es cuestión notable el medio del que provenga esa voz marginal que reconoce en un extraño a un ser próximo que grita “¡Soltadla!”, con el matiz sutil de un “¡Llévame!”.

 

Naturalmente, esta teoría ha ido prosperando con los años; ni yo ni los chicos de mi promoción merendábamos filosofando cual personaje natalieportmanesco de los 90. Y ni qué decir tiene que, a pesar de mi juventud, ya he vivido suficiente como para percatarme de que no todo el género se  puede organizar en categorías benévolas. Mientras nuestras manos regordetas sostenían el cartón grasiento, y presumíamos de haber añadido a la colección a un ser al que atribuíamos un rasgo u otro, estábamos afirmando -inconscientemente- a esto me gustaría parecerme, a esto no, esto me gustaría encontrar en mi amigo, esto no es mi padre. Después nos hablarían de Platón, de Hillary Clinton, de Zuckerberg. Pero ninguno de ellos ha hablado sobre el chocolate, los cromos: ¿por qué darles tanta importancia?

 

Un popover, Frank.

Cuando me ducho, no canto. Ni por Caruso, ni por Natasha Bedingfield . En un acto tan poético y solidario con mis vecinos, cedo el protagonismo a la cadencia del agua, uno de mis sonidos preferidos, e imagino que estoy en las Cascadas de Athabasca y no en un pisito a tres cuartos de hora del centro. En estos minutos en los que todo queda efímeramente cancelado, este templo en el que nadie puede irrumpir con novedades -quejas, halagos, asuntos relevantes o triviales- y solo huele a gel de mandarinas, hago cada día un complicado ejercicio de reflexión: ¿Con quién -muerto, vivo, famoso o no, hombre o mujer- me tomaría hoy un café?

Más allá de Carlos Boyero y Lorde, con los que he tomados miles de cafés mentales, hoy me ha venido a la mente el nombre de dos mujeres extraordinarias: Tallulah Bankhead y Dorothy Parker.

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 (Tallulah Bankhead)

Tallulah Bankhead era un actriz a la que muchos cursis -timoratos, que es una de las peores variantes de la cursilería- han tildado de “licenciosa”. Aunque trabajó con George Cukor y Alfred Hitchcock, la pleitesía a Tallulah se justificaría con esa frase que soltó a un periodista cuando le preguntó qué sería de no haber escogido la profesión de actriz: “dudaba entre madre superiora, puta o presidente de los Estados Unidos. ¡Espero que pongas en tu libreta que habría hecho de maravilla las tres cosas!. Un regalo a manera de fórmula con la que contestar a cualquier idiota que nos brinde la ocasión.

Esta semana he leído un puñado de espléndidos cuentos de la Parker y, mientras lo hacía, intuí que estaba ante una autora tan genuina que su personalidad engullía las páginas. Investigando, descubrí que Tallulah y Dorothy no solo tenían en común ser dos mujeres que supuraban ingenio; ambas pertenecían a un club que congregó toneladas de bilis y talento: La mesa redonda del Algonquin.

También llamado El círculo vicioso de Algonquin, se trataba de una tertulia  formada por periodistas, escritores, críticos, guionistas, actrices, editores, y en general, gente realacionada con la farándula de Broadway. Durante 10 años almorzaron, jugaron al póker y al bridge, inventaron chistes maliciosos e hirvieron en creatividad en una de las 181 habitaciones del hotel Algonquin.

A Vicious Circle by Natalie Ascencios

(A vicious circle, Natalie Ascencios)

Diseñado por Goldwin Starrett y abierto en 1902, el elegante edificio (59 West 44th Street in Midtown Manhattan, New York City) tuvo como primer nombre The Puritan hasta que en 1907 Frank Case lo compró y pasó a llamarse Algonquin, como guiño al pueblo nativo de los algonquinos.

La primera mesa redonda se inaguró en junio de 1919 con un almuerzo de bienvenida al ácido crítico de teatro Alec Wollcot, para celebrar su vuelta de la Primera Guerra Mundial y, tan grata resultó la convocatoria, que cristalizó en una tradición que se prolongaría hasta el 1929.

Semana tras semana, las carreras de aquella flor y nata neoyorkina avanzaban como colas de fuego y, casi con la misma velocidad, aumentaba el número de cerebros privilegiados -y lenguas locuaces- que se congregaban en el Rose Room.

Entre la lista de nombres que se daban cita en el Algonquin se encontraban, además de Dorothy y Tallulah, personas tan interesantes como Ruth Hale -gran defensora del los derechos de la mujer-, George S. Kaufman -guionista de joyas como Damas del teatro, Vive como quieras o Cena a las ocho– , Harpo Marx -no esperaréis que lo presente, ¿verdad?- y Harold Ross -editor fundador de la mejor revista de la historia: The New Yorker-.

Las fauces de semejante constelación no solo se abrían para lanzar perlitas vitriólicas, también repetían el gesto cuando el atento Frank Case les regalaba popovers, unos deliciosos bollos ligeros de huevo, harina y leche.

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(Popover, vía https://orgasmicchef.com)

Sabiendo mantenerse en un discreto segundo plano, Case era en sí mismo una persona fascinante. En su juventud había sido acomodador en vodeviles y sentía una gran inquietud por el mundo de la cultura. Ésta es la razón por la que se lanzó a promover cualquier brote creativo que bullía entre las paredes del Algonquin -del que había sido gerente antes de comprarlo al primer dueño-. Tanto es así, que ofrecía almuerzos gratis a aquellos escritores que luchaban en la Gran Manzana por rozar al menos un átomo de la perfección fitzgeraldina.

La ailurofilia de los artistas no se circunscribe al universo de Instagram, en la sofisticada tertulia también había presencia gatuna. El primero de la saga se coló literalmente en las dependencias del hotel con la utoridad que da el ser un felino callejero: curtido pero elegante, anaranjado, irrestible. El bueno de Case lo llamó Rusty, pero John Barrymore decidió subir la fuerza del nombre: Hamlet. Y desde entonces, ha habido Hamlet I, Hamlet II, Hamlet III… Las gatas del Algonquin han sido bautizadas con menos pompa: Matilda, Matilda II, Matilda III (fallecida en 2017)… Existen libros que recogen las simpáticas peripecias de estos bigotes, como Algonquin cat, de Van Schaffner.

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(Matilda III)

John F. Kennedy llegó a a afirmar que   “Cuando era chico tenía tres sueños: ser un héroe al estilo de Lindbergh, aprender a hablar chino y convertirme en miembro de la mesa redonda del Algonquin”. Una vez me he aclarado con abundante agua el pelo y dibujado A en el espejo, llego a una conclusión: tal vez en aquellas reuniones se acuñaban epigramas desternillantes, pero yo preferiría tomarme un café con Frank Case o Matilda IV. Estoy segura de que Lorde y Boyero también.

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