EL MONSTRUO VERDE

Verde el vestido de Sissy Spacek en Badlands, ante el cadáver de su padre. De color verde, largo, con la espalda descubierta es el vestido con el que M. soñó durante una vida, en la que apenas tuvo para comprar un saco de lentejas y una botella de leche.

Verde, verde agua, el vestido que llevaba puesto la última vez que vi a mi abuelo.

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(Sissy Spacek en Badlands, Terrence Malick, 1973)

Nada escapa del garfio de la memoria y, en esta afirmación poética y científicamente respaldada, no se excluye tampoco al espectro de los colores.

Cuenta Victoria Finlay en  su libro Color: A Natural History of the Palette que  Keats reprochó a Newton el haber reducido la poética del color a una simple invención de la mente humana, que responde a ondas y partículas que se mueven en patrones determinados. “Agradeceos a vosotros mismos y no a la naturaleza la belleza de los arco iris que os rodean”, invita ella en el texto. Y en esas vibraciones de energía, como todo aquello que pasa por el filtro humano, encontramos el poso de la cultura.

El célebre historiador de los animales y los colores, Michel Pastoureau, ha diseccionado la singladura del verde en libros como Los colores de nuestros recuerdos y Vert : Histoire d’une couleur. No deja de sorprender la falta de inocencia y la ambigüedad a la que se presta algo tan simple, aparentemente.

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Si bien en la Edad Media el color verde tenía un espacio reservado en la liturgia, no por ello se debía dar por hecho su significado, pues en esta época ya se atribuía también una tonalidad verdosa a las criaturas “extrañas”, a Lo Otro: el diablo, los dragones, los ojos y piel de las brujas, las hadas, los espíritus del agua y de la madera. El eco de esta interpretación del color se extiende hoy hasta nuestros días en personajes como Hulk  y los extraterrestres, o  en frases hechas como “ser más raro que un perro verde”.

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(The Wicked Witch of the West en EL mago de Oz, 1939)

También la sabiduría popular recoge  la expresión “estar verde”,  deudora  quizá  de la simbología ya presente en el propio Renacimiento, que  vinculaba dicho color a lo inestable o efímero, como la juventud. Si uno indaga puede incluso establecer una relación químico-simbólica, pues se dice que por aquella época los tintes verdes resultaban difíciles de fijar.

A su inestabilidad, se añade otro aspecto polémico y letal, pues el tinte verdigris que se utilizaba para teñir las ropas era un potente tóxico. A estas características se les achaca la superstición que existe en el teatro francés, por la que los actores evitan las prendas verdes sobre el escenario. Algunos incluso refuerzan la creencia con argumentos dramatúrgicos: “Écoute,le  jour de sa mort, Molière était habillé en vert…”.

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(Julie Depardieu y Michel Feu en Le Misanthrope)

La ponzoña verdosa se la ingenió para reincidir en el siglo XIX, gracias al tinte a base de arsénico que inventó  Carl Scheele, utilizado en juguetes, muebles y en especial, un papel pintado que se convertió en tendencia. El resultado: una siembra de muertos entre los que se encuentra el mismísimo Napoleón, víctima de la extracción de arsénico que produjo la humedad en aquellas habitaciones de papeles verde que le rodearon durante el  exilio en Santa Elena.

Verde la piel de Osiris, simbolizando la regeneración y la vegetación.  Verdes los monóculos de esmeraldas a través de los que Nerón contemplaba a los leones devorando cristianos. Verde los vestidos de las prostitutas de la Belle Époque, las cintas que llevaban Alceste en El Misántropo y el ingenioso hidalgo de Cervantes. Verde Lincoln el traje de paño de Robin Hood.

Parece infinita la lista de personajes célebres sobre los que se posó la mano cetrina. Y entre todos aquellos que la engrosan se encuentra Óscar Wilde, a quien persiguió una decadencia pegajosa.

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Con motivo del estreno de El abanico de lady Windermere, en febrero de 1892, Wilde incurrió en una de sus extravagancias y pidió al director del Saint James que colocara entre el público a algunos jóvenes que llevarían un clavel teñido de verde en la solapa. El objetivo: hacer creer a los espectadores que todos formaban parte de alguna secta mística.

Aunque el irlandés sostenía que aquella flor no era sino una burla traviesa, lo cierto es que, detrás de aquellos pétalos teñidos que adornaban su chaqueta, se escondía un significado más profundo. En inglés, el clavel se denomina “carnation”, palabra que incluso, para los menos doctos en esta lengua, evocará una clara connotación sexual. Por otro lado, no olvidemos  la atribución de “lo antinatural”, lo “extraño” que comporta el verde desde hace siglos. Al diseccionar el símbolo, se evapora la candidez. Durante el siglo XIX y principios del XX , aquella corola verdosa que el escritor exhibía, según él, como una maliciosa boutade, se replicó en las solapas de los homosexuales ingleses, estableciéndose como una suerte de código que expresaba su orientación.

Y si algo nos ha enseñado la Historia es que nada tiene tanto poder como lo simbólico y, en consecuencia, pocas cosas hay más susceptibles de recibir castigo.

En 1894 se editó de manera anónima una novela llamada El clavel verde,  cuyo autor resultaría ser Robert Hitchens, un conocido de Oscar Wilde y su amante, Alfred Douglas. Tanto se inspiraban los protagonistas del libro en la pareja, que el manuscrito acabó sirviendo de prueba para acusar a Wilde de “indecencia”, siendo finalmente condenado a dos años de cárcel e ignominia perpetua.

También la desgracia se transfigura en fiebre verde en la Francia bohemia de mediados del XIX, pulverizando los hígados y neuronas de los poetas e intelectuales. Hada verde. Diablo verde. La absenta. Ese torbellino de agua fría, azúcar y Artemisia absinthium contribuyó a agravar el deterioro de la salud de literatos de la talla de Nerval, quien acabó por suicidarse una noche colgándose de un farol. Resulta imposible no imputar a este caldo maldito la deriva siniestra y fantástica que tomó la obra del escritor, especialmente evidente en cuentos como El monstruo verde, a  cuyos estrambóticos protagonistas les llega la fatalidad embotellada.

Si nos proponemos regocijarnos con empeño en la mala prensa del verde, encontraremos su espíritu macabro incluso en clásicos de cine, como la amada cinta de Hitchcock: Vértigo.  Inolvidable esa Kim Novak bañada por una luz esmeralda ante el atónito James Stewart. El séptimo arte en un ejercicio de psicología del color, sirviéndose de él para retratar  la seducción fantasmagórica, la amenaza del peligro, la confusión.

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(Kim Novak en Vértigo, Hitchcock, 1958)

La trayectoria de este color no es lineal, lo que abre la puerta a interpretaciones más apetitosas, como ya estimaba el sabio Plinio: “El verde alegra la vista sin cansarla”. Y quizá sea este apunte sobre su discreción, sobre su jovialidad modesta, la razón por la que en Europa, una persona sobre diez lo considera su color preferido.

En su vertiente maravillosa, se encuentra aquella alfombra mágica de seda verde que la reina de Saba regaló al rey Salomón. Junto a su séquito- humanos a la derecha, y los djinns a la izquierda-, el monarca surcaba los cielos entre las bandadas de aves dando indicaciones a aquel precioso objeto. Tanto es así que, según la tradición judía, en un mismo día podía desayunar en Damasco y almorzar en Media.

Más allá del costado espiritual, el verde también alude lo sano, fuerte y joven. Sin duda, todos estamos familiarizados con las cruces esmeraldas de las farmacias y los uniformes de los enfermeros.

Sin embargo, la lectura más usual del color es la de lo puro, la naturaleza rebosante, la fuente de vida. Esta interpretación ya estuvo en boga en tiempos del Romanticismo, cuando el verde era el color de lo salvaje. La asfixia que acarreó el nuevo modo de vida impuesto por la Revolución Industrial llevaría, primero a Inglaterra y luego al resto de Europa y parte de América, a crear los llamados “espacios verdes”, que actualmente siguen cumpliendo la función de pulmones de las urbes putrefactas en las que vivimos. Tanto es así, que incluso ha adquirido un significado ideológico, en el que se enmarca todo un movimiento autodenominado “verde”, que abandera un estilo de vida ecologista y  posee una vertiente política.

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(Selva de Irati, Navarra)

Tantas aristas se pueden llegar a analizar en el terreno de este color humilde, que investigar sobre su semiología se convierte en una tarea difícil de abarcar y sin embargo, apasionante. Y a este devenir de interpretaciones se añade, efectivamente, los significados que por nuestra historia personal, los recuerdos de nuestras vivencias, les atribuimos.

En definitiva, todo parece contravenir aquella afirmación que hizo el pintor  Kandisnky cuando le preguntaron por el desafecto que sentía hacia este color – “El verde es como una vaca gorda, sana e inmóvil”.

 

 

 

 

 

Completamente Truman

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Hace unos meses, movida por ese mal común que sufrimos tantos lectores- el voyeurismo literario-, dediqué una indecible porción de mi tiempo a fisgonear por internet casas de escritores.
Me topé con mansiones estilo Queen Anne, viviendas de retiro en costas del Pacífico e incluso castillos- lo que no sé si me parece una deliciosa fantasía romántica o un burdo ejercicio egotrípico. Tampoco estoy tan segura de conocer la diferencia entre ambas opciones.
Y de repente, apareció como un enorme helado de limón al corte en pleno condado de Brooklyn, la casa de uno de los escritores más importantes del siglo XX: Truman Capote.

*May 09 - 00:05*

Truman Capote’s home, on 70 Willow St. in Brooklyn Heights. Vía NY dailynews

Retratada por el autor en A House on the Heights, esta vivienda fue testigo de las interminables reuniones en las que Truman compartía vino- en grandes cantidades- y sándwiches con la flor y nata de Nueva York. Conociendo la adicción al efecto sorpresa del escritor, queda rebajada la impresión que puede causar la imponente colección de gatos de cerámica, pisapapeles y esqueletos de serpiente que custodiaban aquellas paredes.
Aquí escribió obras que muchos habréis leído, por su justo puesto entre los libros de culto: Desayuno en Tiffanys y A sangre fría.
Hacía años que tenía sepultada en el olvido a la literatura de Truman, del que recordaba una prosa tan estupenda como fría.
Con Desayuno en Tiffany’s consiguió desbaratar en plena adolescencia la que había sido una de mis películas favoritas de la infancia y que, una vez leída la novela, parece una glamurosa chorrada en la que se pervierte el objetivo del libro. De hecho, el título hispanoamericano de la cinta fue Muñequita de lujo.
En cuanto a A sangre fría, aquella obra del llamado Nuevo Periodismo, fue la primera crónica que leí y consiguió desvelarme noches enteras- por curiosidad, por terror- durante dos semanas en mi pubertad. La adaptación cinematográfica de Brooks es buena, aunque tampoco me entusiasmó.
Para mí, el mejor retrato del espíritu capotiano es sin duda la memorable interpretación del añorado Hoffman. Me gusta imaginarle practicando ese peculiar acento sureño.

Quiso la casualidad que, hace unas semanas, encontrase los cuentos completos de Capote en la que es para mí la mejor librería de Sevilla, la librería Palas.
Aunque leo novelas, ensayos o poesía con deleite, siempre he sentido predilección por los cuentos, tan denostados en España. Son toda una prueba de fuego en cuanto a estructura, lenguaje y desarrollo de personajes.

Leídos y releídos los cuentos completos he de decir que Truman logró algo inusual.
Si bien se sirve de un lenguaje elegante, de un estilo cuidado, cada frase es un punzón. Pasea por aquí el hombre que estaba convencido de ser “especial y merecer una vida especial”, ebrio de fama, con sus eternas gafas Lemtosh, pero entrecruzándose con aquel niño que jugaba con su vecina- Harper Lee- durante una desoladora infancia en Alabama.
Cada relato incluye complejos registros emocionales, un universo propio, un trozo de vida.
Todas las historias me han llevado a una reflexión, me han conmovido. Pero tengo mis predilectos: una guitarra de diamantes, La leyenda de Preacher, Profesor Miseria y Un árbol de noche.
A veces pasamos horas y horas ideando planes con una persona aunque, finalmente, uno de los dos tropiece y el otro avance, consciente de que solo puede salvarse a sí mismo. Ojalá no tengamos que acariciar demasiados cristales amarillos.
Veremos estaciones en las que “los carámbanos colgarán del alero como los malignos dientes de algún monstruo de cristal” y entenderemos que la candidez no es la mejor baza, que hay que estar preparado para temblar y fascinarse ante lo estrafalario del mundo.
Encontraremos retratados los delirios de superioridad, el bálsamo de la religión, el choque generacional y de clases, los rituales encubridores, la ristra de personajes que a codazos intenta encontrar su sitio- o al menos, no perderse en lugares más espesos-.
Y si somos afortunados, burlaremos al Profesor Miseria.
Bravo por Truman Capote, pues consiguió su propósito: “Relatos definitivos, bien hechos por naturaleza, como una naranja”

Rendezvous With Truman Capote

Truman Capote. Photo by JARNOUX Patrick/Paris Match via Getty Images.