Las burlas del otoño

Salgo de la oficina a una calle sin encanto,

no hay árboles, ni familias, emana olor a mal café.

Por puro hastío, decido colaborar con octubre,

burlarme de las forzadas metáforas sobre la pérdida que la estación arranca.

Soy joven, soy joven, nada sé del crepúsculo.

Soy joven, soy joven, brotes verdes en las yemas de los dedos, flores en el pelo.

¿No debo, entonces, hacer ascos a la nostalgia?

El viento se entretiene aturdiendo a las hojas  y a los folletos de la nueva carnicería.

Un cielo saciado de nubes, un sol acogotado entre un velo de tules grises.

En una plaza, unas calles más abajo, el quiosco de José.

Ya nadie pelea por hacerse con el último periódico.

José ya no me guiña el ojo, no intenta convencerme de que soy la princesa del barrio.

Ya no le pido nerviosa el último mineral de la colección ni chicles de sandía a escondidas.

Tampoco a él le ha vuelto a regalar mi abuelo cartuchos de castañas.

 

Conozco el otoño de otras voces, de otros poetas,

pero esta recién estrenada ausencia tuya parece estar dotándome de rimas propias.

También este año migran las golondrinas, regalando lugares comunes a la literatura.

Las arboledas se desprenden de su ya mustio equipaje

y otros aromas nuevos atraviesan la avenida.

 

Entregada a tan  peligrosa tarea, siendo ya un juguete de los imprevistos versos que me están naciendo,

te recuerdo pintando de rosa las sillas de mimbre, asando batatas, cuando me recogías a la salida de colegio.

La fuga discreta de las tardes, ese tiempo amarillo en el que  se hacía viejo el día.

Una luz de caramelo avanzaba con pasos quedos temiendo quebrar las delicadas ramas secas.

Con mi  mochila, abrazada a mi vieja ardilla de trapo,

paseaba a tu lado mientras me explicabas costumbres de una edad más tierna.

Yo no heredé consejos, sino historias

 

Y aquella niña se encandilaba con cuentos sobre castañares de oro puro,

criaturas libres trastabillando en la fronda, mientras las madres preparaban el membrillo.

Qué estúpida: me descubro apartando con violencia el follaje ocre que tiñe las aceras del camino de vuelta a casa.

Qué ingenua,  al escarbar en  la hojarasca, intentando rescatar recuerdos  menos prosaicos que engarcen este humilde intento de poema.

Quisiera fingir que no temo al vecino invierno,

que desnudo ya el último naranjo, al correrse este telón dorado,

no encontraremos un oscuro y frío olvido.

 

 

Aprendí de memoria tantas lecciones en los libros de ciencia,

y, ahora, ya en el apartamento,

dejo resbalar las últimas horas de la jornada,

mientras intento interpretar señales que anuncien un milagro.

Tu regreso.

Una lluvia fina humedece el jardín, riega arbustos que dejamos morir con desidia.

¿Debería permitirme cometer también esa ingenuidad, creer que brotaran nuevas flores?

 

Me falta fe, me falta experiencia.

Tú que tantas cosas sabías, ¿se habitúan las sierras, las fuentes, las personas a la pérdida?

Si el curso es determinado por la juiciosa naturaleza ¿por qué vivo tu abandono como una negligencia?

Abuelo, qué pronto nos cayó hoy la noche encima.

 

Una nana para Matilda

 

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A las dos de la mañana, en la amplia terraza de un piso de 300 metros cuadrados, un muchacho rubio apoya una botella de cerveza negra en una mesa de plástico, mira al cielo y pregunta “¿Qué es el amor para ti?”

Un amigo deglute con lentitud avariciosa un trozo de longaniza, mientras mueve hacia delante y atrás una grasienta mano que nos da a entender que , mientras procesa entre sus mandíbulas  la masa de carne, su cerebro está elaborando una respuesta a la altura.

El cobijo de las generalidades, la suavidad de lo abstracto y tangencial, hacen posible que las Grandes Preguntas de la Vida decoren habitualmente las conversaciones nocturnas de los que aún no han alcanzado la treintena. El olor a pimiento quemado, los mosquitos merodeando entre esos remilgados pompones azules de los arbustos- una chica nos aclara que son hortensias mal cuidadas-, las noches fáciles de los sábados. Preguntar a las dos de la mañana en una barbacoa” ¿Qué es el amor? “ te convierte en un intelectual, una persona  profunda que brinda al público una brillante ocasión para dejar fluir su inteligencia. Preguntar a las dos de la mañana “¿Me quieres?” te convierte en un hijo de puta.

Yo, que estoy normalmente mucho más interesada en oir lo que dicen otros, lanzo mi recurrente “Honestamente, no lo sé” y sonrío.  Y honestamente, no lo sé.

Entonces, me viene a la mente una fotografía que vi la semana pasada. Heath Ledger paseando en los hombros a su hija por las aceras de Brooklyn.

Cuando nació  Matilda, Heath regaló a uno de sus mejores amigos, el cantante Ben Harper, un piano de cola y pidió que compusiera una canción de cuna para la pequeña. De aquellas teclas brotó la bonita “Happy Everafter in your eyes”, con una letra que ahora puede considerarse en cierta forma profética. Porque hace 10 años que Heath dejó  de pasear con aquella niña de gafas estrafalarias. Una sobredosis de medicamentos acabó con el joven actor, dejando a Michelle Williams sola con una criatura de 2 años en un mundo que se estaba enrareciendo.

Tras la muerte de Heath, Michelle dijo que el tiempo solo aumentaba el dolor desgarrador de una pérdida: no sanaba, echaba sal en la llaga. Mientras tanto, Matilda crecía fuerte y sana, mimada por una madre triste pero fuerte que veía cada día en su rostro la viva imagen del padre. “Susurra a los árboles, abraza a los animales, da los pasos de dos en dos. De alguna manera, sé que él sigue aquí . Y ella crecerá entre los mejores recuerdos”, dijo en una entrevista hace algunos años.

Buscando esta vieja foto, leí unas declaraciones recientes de la actriz: «La maternidad es tan diferente al resto de etapas de la vida…cuando vi a Matilde con su traje de baño montando en bicicleta junto a sus amigos mientras reía y gritaba volví a entrar en casa para llorar, porque en ese momento sentí que lo había conseguido, que mi hija era feliz a pesar de no tener a su padre a su lado».

Una de las estrofas de la nana de Ben dice:” All that i can give you is forever yours to keep,wake up every day with a dream”( Todo lo que puedo darte es tuyo para siempre. Despertarte cada día con un sueño).

Por un momento, me apetece interrumpir al tipo de la longaniza y  hablarles de la canción, de Michelle, de la foto, de la felicidad que debe experimentarse cuando descubres que no has jodido la frágil vida de un ser.

Pero, por alguna razón, menciono de pasada el triángulo de Sternberg y voy corriendo a sacar los pimientos del fuego.

Un papagayo en julio

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(Lady with a parrot, Auguste Toulmuche)

Estamos rozando prácticamente el ecuador de julio y, a estas alturas, hemos  tenido tiempo suficiente para estirar el chicle de la nostalgia de “aquellos veranos de la infancia” en las charlas de terraza. Sin embargo, el aguijón de la añoranza asoma en las múltiples ocasiones que le prestan las sofocantes tardes. Ni una tinaja de té con hielo es suficiente carburante para poner en marcha pensamientos que sobrepasen el “échame crema en la espalda”, “ una mediana de pistacho y limón” o, en un arrebato de inspiración, reverdecer recuerdos que cuajaron hace mucho tiempo. En uno de estos ejercicios de sentimentalismo estival, me acordé de la última vez que vi a Errecé.

Un verano más se disparaban los grados, enlentecían los buses y se alargaba la espera de los amigos en las calles solitarias de la capital. Errecé, que nunca fue puntual, llegaba cuarenta minutos tarde. Como un papagayo desgarbado, atisbé una figura alta vestida con un polo verde césped, al comienzo de la avenida, ahuencando con sus enormes brazos a la masa turística.  Burlando a la canícula y robando protagonismo a las rubias flacas como fideos que picoteaban en Chanel y CH con sus bolsones, mi buen amigo despedía chispas de todos los colores. Resultaba conmovodora aquella aleación de Arnold Baumheir, Montaigne, Pato Donald y Josep Pla.

Aunque me encanta la novela de Flaubert, el término “educación sentimental” no acaba de seducirme y estoy segura de que a Errecé le habría sacado de quicio- cuando no aterrorizado- que le atribuyese mínimamente una función pedagógica. El infarto se lo causaría cualquier mención a la gran diferencia de edad que nos separaba.

Lo cierto es que gracias a él aprendí un puñado de cosas que creo más útiles que la mitad de lo que aprendí aquellos años en la universidad.

Aprendí que para Chesterton el mayor pecado cometido por lo poetas había sido la marginación del queso como objeto sagrado al que alabar.  Que queso (cheese) era una palabra corta, fuerte, que en inglés rimaba con mar (sea)  y brisa (breeze).  Que cada pueblo tenía uno de buena calidad y totalmente distinto al resto de localidades. “Como las buenas costumbres del ser humano: universales y variadas”. Había que elogiar lo local, pensar en un trozo de campo, un pozo de sol y aire fresco cada vez que nos  entregábamos a la tarea de degustar pan con queso.

Una noche yo quise probar un nuevo restaurante cubano pero Errecé me suplicó que zarpáramos a Jalisco y olvidáramos la Habana durante una temporada: “Es muy triste. Últimamente acabo todas mis noches borracho frente a un volcán de plástico y haciéndome amigo de algún cubano viejo”. La carta del mexicano era tan inmensa que a la hora de elegir plato, creí sufrir un ataque de ansiedad. Él hizo lo propio: “No sabemos qué pedir. Tráiganos todos los tacos de la tarta”. Comí por primera vez el nada apuesto huitlacoche- un parásito comestible que crece en los granos del maíz-,  comprobé que beber muchos margaritas da muchos dolores de cabeza y que una de las  actrices más elegantes de España pasea a su perro mientras grita por el móvil “Hola, Pollito” a sus amigos.

Para hacerme rabiar- labor nada compleja- se mofaba de las letras de mi cantaor preferido y criticaba a Kundera- uno de los escritores a los que más admiro-. “ No me fío del tufillo  solemne. Huyo de la solemnidad como los ratones del gato”.

Me aconsejaba que leyese rápido “Las flores del mal” para poder pasar rápidamente a lo que de verdad importaba: Oliveiro Girondo. Y por éste supe que, a veces, las calles muerden los pies a cuantos no los tienen achatados por las travesías del desierto  y que en algunos barrios, lo peluqueros mondan cabezas como papas y extraen a cada cliente un vasito de sherry-brandy del cogote.

No disfrutaba leyendo ficción pero pasábamos horas hablando sobre una novela en la que una candorosa anciana finesa paseaba por el mundo  con una Parabellum y una jeringuilla de veneno.

A veces me recomendaba estudiar ingeniería; otras, un máster en  Literatura Europea. Intentaba convencerme para que no me cortase el pelo a lo Louise Brooks y me aconsejaba llevar una pamela como la de Carmen Sandiego.

A altas horass de la madrugada hablábamos del tipo que inventó el cepillo de dientes en una cárcel de Newgate, de Carl Sagan, de la intro hortera de un anime y de Joe le taxi.

Tuve el raro privilegio de leer algunos poemas que escribió durante la niñez. Y no exagero si afirmo que una de las cosas más maravillosas que he leído en mi vida fue un soneto que  escribió con los diez años a  un Tiranosaurio Rex.

Muchas veces le eché en cara que no escribiera libros: unas prolongaciónes continuas de su esencia, su burbujeante personalidad disponible a salto de página para todos nosotros. Pero si la solemnidad le daba sarpullido, la idea de la inmortalidad a través de una obra  le causaba náuseas.” No quiero alcanzar la inmortalidad mediante mi trabajo, sino simplemente no muriendo” , que diría Woody Allen. A Errecé había que verle desplegar las alas en directo.

Me regaló, inconscientemente, valiosas lecciones que a día de hoy, aunque no tenga noticias sobre su paradero, siguen guiándome en numerosas situaciones. La más importante me la enseñó en nuestro último encuentro, frente a una espumeante jarra de cerveza barata: “ Yo también era gilipollas cuando tenía 20 años”.

conciertos de aves de Frans Snyders

(Concierto de aves, Frans Snyders)

 

 

 

Vivir en la jungla

¿Espinacas con garbanzos? ¿ Ensalada? ¿Jambalaya? Soy incapaz de recordar qué almorcé ayer y sin  embargo, puedo describir momentos anodinos de mi infancia con vividez. Amelie Nothomb, una de las personas más fascinantes que haya leído en mi vida, dice compartir conmigo esta trivialidad y siempre la ejemplifica narrando el día en que pronunció su primera palabra al probar el chocolate belga. Rebajemos unos grados de sofisticación: yo vengo a hablar del chocolate Jungly.

Nestlé Jungly

En el mundo preoceánico, cuando no existían iPADs ni Peppa Pig, los niños coleccionábamos tazos, chapas, estampas, pegatinas y cromos. Además, no merendábamos muffins de zanahoria y canela o porridge de almendras, sino un dietético chocolate con galletas.

El chocolate Jungly soldaba esos dos emblemas generacionales: la dulce tiranía de lo crujiente (desde aquí hago un llamamiento para que incorporemos la onomatopéyica palabra crocante) y los coleccionables. Se trataban de fichas rectangulares de cartón y en cada una de ellas aparecía la foto de un animal en el anverso, del que se explicaban características -nombre científico, complexión, localización y área habitable- en el reverso. En mi colegio se tomaban el coleccionismo con una competitividad que dejaba en pañales al mismísimo Freddie Clegg, así que las pilas de tabletas menguaban a la velocidad de la luz en el supermercado del barrio, dificultando la tarea de conseguir el ansiado cromo del león. No me cabía la menor duda: todos acabarían siendo biólogos. O diabéticos.

Exceptuando a mi amigo Daniel, que suspiraba por el avestruz –Pee-wee es su película favorita, para poneros en contexto- todos ambicionábamos a los felinos. Y a la jirafa, uno de mis logros dorados en la vida ha sido conseguir la ficha de la refinada jirafa.

El antropomorfismo es prolongable así que, a día de hoy, al igual que entonces, sigo categorizando a la población como personas cisne, personas tigre, personas gusano, personas okapi, etc. En los últimos años he visto engordar cosiderablemente a cuatro grupos: los delfines, los caballos, los pájaros y las tortugas.

Las personas delfines se desenvuelven con elegancia, su costado plateado piruetea sobre el agua y terminamos por creer que cuentan con una colección de tretas sutiles que les permiten salir del mayor apuro que se les presente. Pero Carol Ann Duffy, que tiene la mirada insobornable de los poetas, sabe que en el fondo es pura fachada: eso sí, una fachada bienhechora, una generosidad – mal o bien entendida: que juzguen otros- que les lleva a bailar ante el público, sepultando la carga personal y entregándose a dibujar el sueño de evasión de los que han acudido a la cita. “Ninguna verdad encontramos en estas aguas; no hay explicaciones que tiemblen en nuestra carne. Fuimos benditos y ahora ya no lo somos”.

El despliegue de bondad de las personas pájaro sigue un recorrido distinto. Se les reconoce, más que por las alas, por esa pátina de serenidad, de sabiduría inusual que les tintinea en los ojos. Ponderan con paciencia cuál es la ocasión propicia para despegar, a pesar de que esto conlleve dilatar el momento durante años. Un ejemplar podría ser Rafaniello, el viejo zapatero de esa preciosa novela- no usar jamás la palabra “Novelita”- llamada Montedidio que escribió Erri de Luca. Trabajar el cuero, contar historias sin aleccionar, sacudir la imaginación de quien tiene el buen criterio y la sencillez -la inteligencia- de saber prestar oído a los cuentacuentos -no a los charlatanes-.

 

Reconozco que siento debilidad por las personas caballo -que no caballerosas-. No nos llamemos a engaño: escasean. Tu mejor amigo, tu madre, la profesora de tu hijo, el camarero que te sirve el desayuno, suelen responder a este perfil. Son personas discretas, apacibles, fuertes, sensibles, sencillas, alegres y, sin embargo, nada ruidosas; cariñosas y sin embargo, nada zalameras. El caballo de Yona, en el cuento La tristeza de Chéjov, me parece un ideal muy noble al que aspirar -ridiculizar al idealismo es una de las coces más peligrosas contra la inteligencia emocional-. No importa que el día nos haya pulverizado, que hora tras hora unos y otros nos hayan reforzado la síntesis de inseguridades que traíamos de casa. La prisa egoísta, el Yo que busca el servilismo del Otro, impide a los estúpidos realizar el mayor ejercicio de humanidad posible: dejar que Yona nos cuente cómo su hijo murió hace unas semanas. Cómo la soledad se le enquista día tras día. Siempre habrá una flor rara, siempre habrá un caballo que “sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido”. Y entonces, “Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo”.

 

En cuanto a la cuarta categoría, en El niño que hablaba con los animales, el rutilante Roald nos susurra la naturaleza de la persona tortuga. Toda su vida ha surcado la masa de océano disfrutando de la libertad heredada, distanciada pero no ajena a lo que ocurre en los horizontes arenosos. Ha sido espectadora de ascensos y decaídas del ser humano; aunque rara vez musita comentario alguno, la decisión de sus movimientos calmos transluce que es mucho lo que ha paseado ante sus pupilas. No narra, no cabriolea y su condición inherente de viajera le impide ser una presencia física constante en la vida de los demás. Sin embargo, está dotada de una memoria de la que mana una profunda gratitud. Jamás olvidará que, cuando las circunstancias la arrastraron y vapulearon, mientras todos contemplaban su gigantesco cuerpo agónico pensando en cuántos filetes podrían sacar de aquello, hubo una persona excepcional, alguien que gritó soltadla, alquien que gritó yo no la conozco pero sé que es mi hermana. La generosidad de las personas tortuga vuela por encima de las diferencias, no es cuestión notable el medio del que provenga esa voz marginal que reconoce en un extraño a un ser próximo que grita “¡Soltadla!”, con el matiz sutil de un “¡Llévame!”.

 

Naturalmente, esta teoría ha ido prosperando con los años; ni yo ni los chicos de mi promoción merendábamos filosofando cual personaje natalieportmanesco de los 90. Y ni qué decir tiene que, a pesar de mi juventud, ya he vivido suficiente como para percatarme de que no todo el género se  puede organizar en categorías benévolas. Mientras nuestras manos regordetas sostenían el cartón grasiento, y presumíamos de haber añadido a la colección a un ser al que atribuíamos un rasgo u otro, estábamos afirmando -inconscientemente- a esto me gustaría parecerme, a esto no, esto me gustaría encontrar en mi amigo, esto no es mi padre. Después nos hablarían de Platón, de Hillary Clinton, de Zuckerberg. Pero ninguno de ellos ha hablado sobre el chocolate, los cromos: ¿por qué darles tanta importancia?

 

Un popover, Frank.

Cuando me ducho, no canto. Ni por Caruso, ni por Natasha Bedingfield . En un acto tan poético y solidario con mis vecinos, cedo el protagonismo a la cadencia del agua, uno de mis sonidos preferidos, e imagino que estoy en las Cascadas de Athabasca y no en un pisito a tres cuartos de hora del centro. En estos minutos en los que todo queda efímeramente cancelado, este templo en el que nadie puede irrumpir con novedades -quejas, halagos, asuntos relevantes o triviales- y solo huele a gel de mandarinas, hago cada día un complicado ejercicio de reflexión: ¿Con quién -muerto, vivo, famoso o no, hombre o mujer- me tomaría hoy un café?

Más allá de Carlos Boyero y Lorde, con los que he tomados miles de cafés mentales, hoy me ha venido a la mente el nombre de dos mujeres extraordinarias: Tallulah Bankhead y Dorothy Parker.

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 (Tallulah Bankhead)

Tallulah Bankhead era un actriz a la que muchos cursis -timoratos, que es una de las peores variantes de la cursilería- han tildado de “licenciosa”. Aunque trabajó con George Cukor y Alfred Hitchcock, la pleitesía a Tallulah se justificaría con esa frase que soltó a un periodista cuando le preguntó qué sería de no haber escogido la profesión de actriz: “dudaba entre madre superiora, puta o presidente de los Estados Unidos. ¡Espero que pongas en tu libreta que habría hecho de maravilla las tres cosas!. Un regalo a manera de fórmula con la que contestar a cualquier idiota que nos brinde la ocasión.

Esta semana he leído un puñado de espléndidos cuentos de la Parker y, mientras lo hacía, intuí que estaba ante una autora tan genuina que su personalidad engullía las páginas. Investigando, descubrí que Tallulah y Dorothy no solo tenían en común ser dos mujeres que supuraban ingenio; ambas pertenecían a un club que congregó toneladas de bilis y talento: La mesa redonda del Algonquin.

También llamado El círculo vicioso de Algonquin, se trataba de una tertulia  formada por periodistas, escritores, críticos, guionistas, actrices, editores, y en general, gente realacionada con la farándula de Broadway. Durante 10 años almorzaron, jugaron al póker y al bridge, inventaron chistes maliciosos e hirvieron en creatividad en una de las 181 habitaciones del hotel Algonquin.

A Vicious Circle by Natalie Ascencios

(A vicious circle, Natalie Ascencios)

Diseñado por Goldwin Starrett y abierto en 1902, el elegante edificio (59 West 44th Street in Midtown Manhattan, New York City) tuvo como primer nombre The Puritan hasta que en 1907 Frank Case lo compró y pasó a llamarse Algonquin, como guiño al pueblo nativo de los algonquinos.

La primera mesa redonda se inaguró en junio de 1919 con un almuerzo de bienvenida al ácido crítico de teatro Alec Wollcot, para celebrar su vuelta de la Primera Guerra Mundial y, tan grata resultó la convocatoria, que cristalizó en una tradición que se prolongaría hasta el 1929.

Semana tras semana, las carreras de aquella flor y nata neoyorkina avanzaban como colas de fuego y, casi con la misma velocidad, aumentaba el número de cerebros privilegiados -y lenguas locuaces- que se congregaban en el Rose Room.

Entre la lista de nombres que se daban cita en el Algonquin se encontraban, además de Dorothy y Tallulah, personas tan interesantes como Ruth Hale -gran defensora del los derechos de la mujer-, George S. Kaufman -guionista de joyas como Damas del teatro, Vive como quieras o Cena a las ocho– , Harpo Marx -no esperaréis que lo presente, ¿verdad?- y Harold Ross -editor fundador de la mejor revista de la historia: The New Yorker-.

Las fauces de semejante constelación no solo se abrían para lanzar perlitas vitriólicas, también repetían el gesto cuando el atento Frank Case les regalaba popovers, unos deliciosos bollos ligeros de huevo, harina y leche.

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(Popover, vía https://orgasmicchef.com)

Sabiendo mantenerse en un discreto segundo plano, Case era en sí mismo una persona fascinante. En su juventud había sido acomodador en vodeviles y sentía una gran inquietud por el mundo de la cultura. Ésta es la razón por la que se lanzó a promover cualquier brote creativo que bullía entre las paredes del Algonquin -del que había sido gerente antes de comprarlo al primer dueño-. Tanto es así, que ofrecía almuerzos gratis a aquellos escritores que luchaban en la Gran Manzana por rozar al menos un átomo de la perfección fitzgeraldina.

La ailurofilia de los artistas no se circunscribe al universo de Instagram, en la sofisticada tertulia también había presencia gatuna. El primero de la saga se coló literalmente en las dependencias del hotel con la utoridad que da el ser un felino callejero: curtido pero elegante, anaranjado, irrestible. El bueno de Case lo llamó Rusty, pero John Barrymore decidió subir la fuerza del nombre: Hamlet. Y desde entonces, ha habido Hamlet I, Hamlet II, Hamlet III… Las gatas del Algonquin han sido bautizadas con menos pompa: Matilda, Matilda II, Matilda III (fallecida en 2017)… Existen libros que recogen las simpáticas peripecias de estos bigotes, como Algonquin cat, de Van Schaffner.

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(Matilda III)

John F. Kennedy llegó a a afirmar que   “Cuando era chico tenía tres sueños: ser un héroe al estilo de Lindbergh, aprender a hablar chino y convertirme en miembro de la mesa redonda del Algonquin”. Una vez me he aclarado con abundante agua el pelo y dibujado A en el espejo, llego a una conclusión: tal vez en aquellas reuniones se acuñaban epigramas desternillantes, pero yo preferiría tomarme un café con Frank Case o Matilda IV. Estoy segura de que Lorde y Boyero también.

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EL MONSTRUO VERDE

Verde el vestido de Sissy Spacek en Badlands, ante el cadáver de su padre. De color verde, largo, con la espalda descubierta es el vestido con el que M. soñó durante una vida, en la que apenas tuvo para comprar un saco de lentejas y una botella de leche.

Verde, verde agua, el vestido que llevaba puesto la última vez que vi a mi abuelo.

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(Sissy Spacek en Badlands, Terrence Malick, 1973)

Nada escapa del garfio de la memoria y, en esta afirmación poética y científicamente respaldada, no se excluye tampoco al espectro de los colores.

Cuenta Victoria Finlay en  su libro Color: A Natural History of the Palette que  Keats reprochó a Newton el haber reducido la poética del color a una simple invención de la mente humana, que responde a ondas y partículas que se mueven en patrones determinados. “Agradeceos a vosotros mismos y no a la naturaleza la belleza de los arco iris que os rodean”, invita ella en el texto. Y en esas vibraciones de energía, como todo aquello que pasa por el filtro humano, encontramos el poso de la cultura.

El célebre historiador de los animales y los colores, Michel Pastoureau, ha diseccionado la singladura del verde en libros como Los colores de nuestros recuerdos y Vert : Histoire d’une couleur. No deja de sorprender la falta de inocencia y la ambigüedad a la que se presta algo tan simple, aparentemente.

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Si bien en la Edad Media el color verde tenía un espacio reservado en la liturgia, no por ello se debía dar por hecho su significado, pues en esta época ya se atribuía también una tonalidad verdosa a las criaturas “extrañas”, a Lo Otro: el diablo, los dragones, los ojos y piel de las brujas, las hadas, los espíritus del agua y de la madera. El eco de esta interpretación del color se extiende hoy hasta nuestros días en personajes como Hulk  y los extraterrestres, o  en frases hechas como “ser más raro que un perro verde”.

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(The Wicked Witch of the West en EL mago de Oz, 1939)

También la sabiduría popular recoge  la expresión “estar verde”,  deudora  quizá  de la simbología ya presente en el propio Renacimiento, que  vinculaba dicho color a lo inestable o efímero, como la juventud. Si uno indaga puede incluso establecer una relación químico-simbólica, pues se dice que por aquella época los tintes verdes resultaban difíciles de fijar.

A su inestabilidad, se añade otro aspecto polémico y letal, pues el tinte verdigris que se utilizaba para teñir las ropas era un potente tóxico. A estas características se les achaca la superstición que existe en el teatro francés, por la que los actores evitan las prendas verdes sobre el escenario. Algunos incluso refuerzan la creencia con argumentos dramatúrgicos: “Écoute,le  jour de sa mort, Molière était habillé en vert…”.

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(Julie Depardieu y Michel Feu en Le Misanthrope)

La ponzoña verdosa se la ingenió para reincidir en el siglo XIX, gracias al tinte a base de arsénico que inventó  Carl Scheele, utilizado en juguetes, muebles y en especial, un papel pintado que se convertió en tendencia. El resultado: una siembra de muertos entre los que se encuentra el mismísimo Napoleón, víctima de la extracción de arsénico que produjo la humedad en aquellas habitaciones de papeles verde que le rodearon durante el  exilio en Santa Elena.

Verde la piel de Osiris, simbolizando la regeneración y la vegetación.  Verdes los monóculos de esmeraldas a través de los que Nerón contemplaba a los leones devorando cristianos. Verde los vestidos de las prostitutas de la Belle Époque, las cintas que llevaban Alceste en El Misántropo y el ingenioso hidalgo de Cervantes. Verde Lincoln el traje de paño de Robin Hood.

Parece infinita la lista de personajes célebres sobre los que se posó la mano cetrina. Y entre todos aquellos que la engrosan se encuentra Óscar Wilde, a quien persiguió una decadencia pegajosa.

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Con motivo del estreno de El abanico de lady Windermere, en febrero de 1892, Wilde incurrió en una de sus extravagancias y pidió al director del Saint James que colocara entre el público a algunos jóvenes que llevarían un clavel teñido de verde en la solapa. El objetivo: hacer creer a los espectadores que todos formaban parte de alguna secta mística.

Aunque el irlandés sostenía que aquella flor no era sino una burla traviesa, lo cierto es que, detrás de aquellos pétalos teñidos que adornaban su chaqueta, se escondía un significado más profundo. En inglés, el clavel se denomina “carnation”, palabra que incluso, para los menos doctos en esta lengua, evocará una clara connotación sexual. Por otro lado, no olvidemos  la atribución de “lo antinatural”, lo “extraño” que comporta el verde desde hace siglos. Al diseccionar el símbolo, se evapora la candidez. Durante el siglo XIX y principios del XX , aquella corola verdosa que el escritor exhibía, según él, como una maliciosa boutade, se replicó en las solapas de los homosexuales ingleses, estableciéndose como una suerte de código que expresaba su orientación.

Y si algo nos ha enseñado la Historia es que nada tiene tanto poder como lo simbólico y, en consecuencia, pocas cosas hay más susceptibles de recibir castigo.

En 1894 se editó de manera anónima una novela llamada El clavel verde,  cuyo autor resultaría ser Robert Hitchens, un conocido de Oscar Wilde y su amante, Alfred Douglas. Tanto se inspiraban los protagonistas del libro en la pareja, que el manuscrito acabó sirviendo de prueba para acusar a Wilde de “indecencia”, siendo finalmente condenado a dos años de cárcel e ignominia perpetua.

También la desgracia se transfigura en fiebre verde en la Francia bohemia de mediados del XIX, pulverizando los hígados y neuronas de los poetas e intelectuales. Hada verde. Diablo verde. La absenta. Ese torbellino de agua fría, azúcar y Artemisia absinthium contribuyó a agravar el deterioro de la salud de literatos de la talla de Nerval, quien acabó por suicidarse una noche colgándose de un farol. Resulta imposible no imputar a este caldo maldito la deriva siniestra y fantástica que tomó la obra del escritor, especialmente evidente en cuentos como El monstruo verde, a  cuyos estrambóticos protagonistas les llega la fatalidad embotellada.

Si nos proponemos regocijarnos con empeño en la mala prensa del verde, encontraremos su espíritu macabro incluso en clásicos de cine, como la amada cinta de Hitchcock: Vértigo.  Inolvidable esa Kim Novak bañada por una luz esmeralda ante el atónito James Stewart. El séptimo arte en un ejercicio de psicología del color, sirviéndose de él para retratar  la seducción fantasmagórica, la amenaza del peligro, la confusión.

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(Kim Novak en Vértigo, Hitchcock, 1958)

La trayectoria de este color no es lineal, lo que abre la puerta a interpretaciones más apetitosas, como ya estimaba el sabio Plinio: “El verde alegra la vista sin cansarla”. Y quizá sea este apunte sobre su discreción, sobre su jovialidad modesta, la razón por la que en Europa, una persona sobre diez lo considera su color preferido.

En su vertiente maravillosa, se encuentra aquella alfombra mágica de seda verde que la reina de Saba regaló al rey Salomón. Junto a su séquito- humanos a la derecha, y los djinns a la izquierda-, el monarca surcaba los cielos entre las bandadas de aves dando indicaciones a aquel precioso objeto. Tanto es así que, según la tradición judía, en un mismo día podía desayunar en Damasco y almorzar en Media.

Más allá del costado espiritual, el verde también alude lo sano, fuerte y joven. Sin duda, todos estamos familiarizados con las cruces esmeraldas de las farmacias y los uniformes de los enfermeros.

Sin embargo, la lectura más usual del color es la de lo puro, la naturaleza rebosante, la fuente de vida. Esta interpretación ya estuvo en boga en tiempos del Romanticismo, cuando el verde era el color de lo salvaje. La asfixia que acarreó el nuevo modo de vida impuesto por la Revolución Industrial llevaría, primero a Inglaterra y luego al resto de Europa y parte de América, a crear los llamados “espacios verdes”, que actualmente siguen cumpliendo la función de pulmones de las urbes putrefactas en las que vivimos. Tanto es así, que incluso ha adquirido un significado ideológico, en el que se enmarca todo un movimiento autodenominado “verde”, que abandera un estilo de vida ecologista y  posee una vertiente política.

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(Selva de Irati, Navarra)

Tantas aristas se pueden llegar a analizar en el terreno de este color humilde, que investigar sobre su semiología se convierte en una tarea difícil de abarcar y sin embargo, apasionante. Y a este devenir de interpretaciones se añade, efectivamente, los significados que por nuestra historia personal, los recuerdos de nuestras vivencias, les atribuimos.

En definitiva, todo parece contravenir aquella afirmación que hizo el pintor  Kandisnky cuando le preguntaron por el desafecto que sentía hacia este color – “El verde es como una vaca gorda, sana e inmóvil”.

 

 

 

 

 

Completamente Truman

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Hace unos meses, movida por ese mal común que sufrimos tantos lectores- el voyeurismo literario-, dediqué una indecible porción de mi tiempo a fisgonear por internet casas de escritores.
Me topé con mansiones estilo Queen Anne, viviendas de retiro en costas del Pacífico e incluso castillos- lo que no sé si me parece una deliciosa fantasía romántica o un burdo ejercicio egotrípico. Tampoco estoy tan segura de conocer la diferencia entre ambas opciones.
Y de repente, apareció como un enorme helado de limón al corte en pleno condado de Brooklyn, la casa de uno de los escritores más importantes del siglo XX: Truman Capote.

*May 09 - 00:05*

Truman Capote’s home, on 70 Willow St. in Brooklyn Heights. Vía NY dailynews

Retratada por el autor en A House on the Heights, esta vivienda fue testigo de las interminables reuniones en las que Truman compartía vino- en grandes cantidades- y sándwiches con la flor y nata de Nueva York. Conociendo la adicción al efecto sorpresa del escritor, queda rebajada la impresión que puede causar la imponente colección de gatos de cerámica, pisapapeles y esqueletos de serpiente que custodiaban aquellas paredes.
Aquí escribió obras que muchos habréis leído, por su justo puesto entre los libros de culto: Desayuno en Tiffanys y A sangre fría.
Hacía años que tenía sepultada en el olvido a la literatura de Truman, del que recordaba una prosa tan estupenda como fría.
Con Desayuno en Tiffany’s consiguió desbaratar en plena adolescencia la que había sido una de mis películas favoritas de la infancia y que, una vez leída la novela, parece una glamurosa chorrada en la que se pervierte el objetivo del libro. De hecho, el título hispanoamericano de la cinta fue Muñequita de lujo.
En cuanto a A sangre fría, aquella obra del llamado Nuevo Periodismo, fue la primera crónica que leí y consiguió desvelarme noches enteras- por curiosidad, por terror- durante dos semanas en mi pubertad. La adaptación cinematográfica de Brooks es buena, aunque tampoco me entusiasmó.
Para mí, el mejor retrato del espíritu capotiano es sin duda la memorable interpretación del añorado Hoffman. Me gusta imaginarle practicando ese peculiar acento sureño.

Quiso la casualidad que, hace unas semanas, encontrase los cuentos completos de Capote en la que es para mí la mejor librería de Sevilla, la librería Palas.
Aunque leo novelas, ensayos o poesía con deleite, siempre he sentido predilección por los cuentos, tan denostados en España. Son toda una prueba de fuego en cuanto a estructura, lenguaje y desarrollo de personajes.

Leídos y releídos los cuentos completos he de decir que Truman logró algo inusual.
Si bien se sirve de un lenguaje elegante, de un estilo cuidado, cada frase es un punzón. Pasea por aquí el hombre que estaba convencido de ser “especial y merecer una vida especial”, ebrio de fama, con sus eternas gafas Lemtosh, pero entrecruzándose con aquel niño que jugaba con su vecina- Harper Lee- durante una desoladora infancia en Alabama.
Cada relato incluye complejos registros emocionales, un universo propio, un trozo de vida.
Todas las historias me han llevado a una reflexión, me han conmovido. Pero tengo mis predilectos: una guitarra de diamantes, La leyenda de Preacher, Profesor Miseria y Un árbol de noche.
A veces pasamos horas y horas ideando planes con una persona aunque, finalmente, uno de los dos tropiece y el otro avance, consciente de que solo puede salvarse a sí mismo. Ojalá no tengamos que acariciar demasiados cristales amarillos.
Veremos estaciones en las que “los carámbanos colgarán del alero como los malignos dientes de algún monstruo de cristal” y entenderemos que la candidez no es la mejor baza, que hay que estar preparado para temblar y fascinarse ante lo estrafalario del mundo.
Encontraremos retratados los delirios de superioridad, el bálsamo de la religión, el choque generacional y de clases, los rituales encubridores, la ristra de personajes que a codazos intenta encontrar su sitio- o al menos, no perderse en lugares más espesos-.
Y si somos afortunados, burlaremos al Profesor Miseria.
Bravo por Truman Capote, pues consiguió su propósito: “Relatos definitivos, bien hechos por naturaleza, como una naranja”

Rendezvous With Truman Capote

Truman Capote. Photo by JARNOUX Patrick/Paris Match via Getty Images.